Urogallos al límite
Fapas.Urogallos al límite Los expertos vaticinan que la especie se extinguirá en la Cordillera Cantábrica antes del año 2020 si no cambia la tendencia que ha reducido la población a la mitad enlas dos últimas décadas.El Observador de la Asturias empresarialIII trimestre 2004Texto: Luis Mario ArceFotos: José María Fernández Díaz-Formentí
El urogallo cantábrico (Tetrao urogallus cantabricus) ha perdido la mitad de su población en los últimos 22 años su número continúa disminuyendo. De forma paralela, los territorios de los Ancares gallegos, el norte de Palencia, el oeste de Cantabria y los situados más al norte en Asturias han quedado desiertos, y su área de distribución está a punto de partirse en dos, ya que apenas quedan ejemplares en los municipios de Somiedo, Teverga, Quirós y Lena. Es el proceso clásico de una extinción: crisis demográfica, reducción por los bordes de la superficie geográfica ocupada y escición de la población en núcleos aislados. Si la tendencia actual se mantiene, los expertos vaticinan que el urogallo cantábrico se habrá extinguido antes de que finalice la segunda década de este siglo. Antes del año 2020. Es una situación compleja y de difícil salida, ya que en ella intervienen factores de escala planetaria (cambio climático), otros que afectan al conjunto de los ecosistemas forestales (fragmentación y reducción de las masas, pérdida de diversidad vegetal) y, por último, problemas locales (competencia con los ciervos por el alimento, por ejemplo). El diagnóstico se ha realizado tarde y, de momento, no se ha sabido intervenir. Se parte, además, de un grave déficit de conocimientos sobre la biología y la ecología de la especie, y sobre el modo en que le afecta cada uno de los factores negativos que están actuando sobre sus circunstancias. La crisis del urogallo deja entrever, en última instancia, los desequilibrios introducidos por el hombre en los ecosistemas forestales. Recientes investigaciones que correlacionan la ocupación o el abandono de "cantaderos" (los lugares que las aves ocupan durante el celo) con la calidad del hábitat demuestran que la pérdida de territorios se ha producido en las zonas donde el bosque aparece más fragmentado. El urogallo necesita manchas extensas, de no menos de 200 hectáreas, y conectadas entre si. Los "cantaderos" que quedan aislados no tardan en ser abandonados. El urogallo requiere, además, bosques maduros, con arbolado de buen porte y de diversas especies, y abundantes en claros herbáceos y en matas de arándanos. Dentro de ese hábitat, se delimitan varias parcelas de uso estacional. El "cantadero", ocupado en primavera, se emplaza en la parte alta del bosque, en zonas con espacios abiertos que sirven de escenario a las exhibiciones nupciales y a las cópulas. El "pollero", la residencia de verano de la urogallina y sus pollos, se caracteriza por el predominio de la vegetación herbácea y arbustiva, donde proliferan las hormigas, los saltamontes y otros insectos que aportan proteinas a los pollos. El arándano ocupa una parte importante de ese terreno. Entrado el otoño, las aves seleccionan los bordes forestales y otros sectores ricos en arbustos productores de bayas, como el serbal, el endrino, el mostajo y, de nuevo, el arándano. También aprovechan las montaneras de hayucos y de bellotas. El invierno lo pasan refugiados en zonas escarpadas y poco accesibles del bosque, a resguardo del arbolado, y en las acebedas, cuya densa fronda perenne les proporciona un excelente refugio frente al frío y las ventiscas. Estas exigencias chocan con el modelo de gestión silvícola vigente, que tiende a formar masas uniformes, empobrecidas y rejuvenecidas.
Pero no es sólo un problema de espacio vital y de calidad ambiental. Los bosques fragmentados son también más peligrosos: se multiplican los bordes, y esto favorece la presencia y la eficiencia de los cazadores. Hay más carnívoros al acecho y juegan con ventaja. También se incrementa la densidad de grandes herbívoros. tanto salvajes (ciervos, sobre todo) como domésticos (vacas), y con ella crece la presión sobre la vegetación y, en particular, sobre las matas de arándano, una planta que juega un papel esencial en la vida del urogallo, como fuente de alimento (brotes, hojas, frutos e, indirectamente, insectos) y refugio durante los períodos de reproducción, de muda y de invernada. Por eso una de las primeras acciones de conservación que se han puesto en marcha ha sido la restauración de arandaneras (se inició en el verano de 2003 en el Parque Natural de Somiedo y este año se ha ampliado al parque natural de Redes, en ambos casos a cargo de voluntarios coordinados por la Sociedad Española de Ornitología). Tenemos así una primera conclusión: los bosques pierden tamaño y calidad, y los urogallos ven como se reduce su espacio, y como medran sus enemigos y sus competidores. Macho de urogallo en un "cantadero".
Por si estos problemas fueran pocos, el urogallo fracasa en la reproducción. Entre un 60 y un 80 por ciento de las madres no logra sacar adelante a su pollada, ni siquiera repitiendo la puesta, y la tasa de supervivencia es de 0,56 pollos por nidada. Así es imposible que la población se mantenga. Se han propuesto varias hipótesis, compartibles entre si, para explicar este fenómeno. Una de ellas postula la existencia de deficiencias alimentarias, relacionadas con la mala calidad del hábitat y con una supuesta disminución de las poblaciones de insectos, que repercutiría en el desarrollo de los pollos. Por otro lado, durante el invierno el urogallo vive al límite de sus posibilidades, en unos bosques (hayedos, robledales, abedulares) que se quedan desnudos y aletargados, sin apenas comida ni refugio frente a las adversidades climatológicas. Los brotes de haya que constituyen la base de su dieta invernal son un alimento poco nutritivo y con una baja eficiencia energética, lo cual le obliga a dedicar mucho tiempo y energía a buscar comida, un gasto que debe compensar con el ahorro del consumo metabólico durante el resto del día. En fin, que los urogallos pasan el invierno en la cuerda floja. Cualquier esfuerzo extra, como tener que volar ante la presencia de excursionistas, cazadores o esquiadores, puede tener graves consecuencias, ya que disminuye su capacidad de resistencia: un urogallo que no sea molestado soporta condiciones extremas durante un periodo de hasta tres semanas; en cambio, si se ve forzado a desplazarse ese margen se reduce a diez días. Hembra recostada, con su críptico plumaje
Por último, el análisis climatológico de los últimos 150 años demuestra que se producido un incremento de los fríos y las nevadas tardíos, que afectan a la incubación y a la crianza. Ante un temporal de frío, la hembra que incuba tiene dos opciones: permanecer en el nido para evitar que los huevos se malogren, dejando de comer y poniendo en riesgo su salud (y su capacidad maternal), o ir en busca de comida a riesgo de que la puesta se enfríe. Sea cual sea la solución a ese dilema, el resultado es negativo. Pero es que también han aumentado las lluvias en el mes de junio, que afectan a la primera etapa de desarrollo de los pollos, cuando éstos aún no son capaces de autorregular su temperatura corporal. Su índice de supervivencia es inversamente proporcional a la frecuencia de las precipitaciones en ese periodo. Sumados otros factores negativos, como la depredación de los jabalíes y los zorros -dos especies muy abundantes, cuyo impacto sobre la natalidad del urogallo está bien probado-, una urogallina es afortunada si sus 7 u 8 huevos eclosionan y si de su prole queda vivo un pollo llegado el mes de agosto. Segunda conclusión: la población disminuye porque el índice de natalidad no compensa la mortalidad de los adultos. El urogallo hace un uso estacional de los distintos ambientes del bosque. En primavera desarrolla su cortejo nupcial en los "cantaderos", mientras que en el invierno sobrevive en acebedas, en un estado de balance energético un tanto crítico. La alteración del bosque supone, pues, un factor agravante para su supervivencia.
Acorralado por la pérdida de hábitat, acosado por depredadores y competidores, y con una población abocada al envejecimientoy, a la postre, al colapso por la falta de incorporación de jóvenes, el urogallo cantábrico afronta una coyuntura crítica de la que no podrá salir sin ayuda. El último censo de "cantaderos", realizado en 2001, cifró en "poco más de cien" el número de machos supervivientes en Asturias, y la población total de ambos sexos estimada para el conjunto de la cordillera se sitúa en 500 ó 600 individuos, según referencias de la Sociedad Española de Ornitología (SEO/BirdLife). Las matemáticas determinan una extinción segura y a medio plazo. La última señal de alarma la proporcionan los urogallos "locos" y "dóciles", ejemplares que manifiestan conductas inusualmente agresivas o mansas, que los expertos vinculan con la disminución, fragmentación y aislamiento de las poblaciones. Esa correlación ha podido verificarse en los Alpes, donde la aparicion de dichos comportamientos fue seguida de la extinción de la especie. Aquí, en la Cordillera Cantábrica, están documentados, al menos, diez casos de urogallos "locos" en la última década. Técnicos de Medio Ambiente de la Junta de Castilla y León que han analizado el fenómeno sostienen que su manifestación en urogallos machos refleja la existencia de "poblaciones muy dispersas y aisladas en un hábitat fuertemente alterado"; si son hembras las que demuestran actitudes agresivas o dóciles (seis de los diez casos conocidos), éstas expresan, según los mismos autores, un "estado de regresión y de fragmentación de las poblaciones aún más avanzado" y "una fuerte desorganización de la población que no permite el desarrollo normal de la reproducción". Tenemos el diagnóstico. Falta articular y aplicar las medidas de gestión necesarias para poder corregirlo.
El urogallo cantábrico (Tetrao urogallus cantabricus) ha perdido la mitad de su población en los últimos 22 años su número continúa disminuyendo. De forma paralela, los territorios de los Ancares gallegos, el norte de Palencia, el oeste de Cantabria y los situados más al norte en Asturias han quedado desiertos, y su área de distribución está a punto de partirse en dos, ya que apenas quedan ejemplares en los municipios de Somiedo, Teverga, Quirós y Lena. Es el proceso clásico de una extinción: crisis demográfica, reducción por los bordes de la superficie geográfica ocupada y escición de la población en núcleos aislados. Si la tendencia actual se mantiene, los expertos vaticinan que el urogallo cantábrico se habrá extinguido antes de que finalice la segunda década de este siglo. Antes del año 2020. Es una situación compleja y de difícil salida, ya que en ella intervienen factores de escala planetaria (cambio climático), otros que afectan al conjunto de los ecosistemas forestales (fragmentación y reducción de las masas, pérdida de diversidad vegetal) y, por último, problemas locales (competencia con los ciervos por el alimento, por ejemplo). El diagnóstico se ha realizado tarde y, de momento, no se ha sabido intervenir. Se parte, además, de un grave déficit de conocimientos sobre la biología y la ecología de la especie, y sobre el modo en que le afecta cada uno de los factores negativos que están actuando sobre sus circunstancias. La crisis del urogallo deja entrever, en última instancia, los desequilibrios introducidos por el hombre en los ecosistemas forestales. Recientes investigaciones que correlacionan la ocupación o el abandono de "cantaderos" (los lugares que las aves ocupan durante el celo) con la calidad del hábitat demuestran que la pérdida de territorios se ha producido en las zonas donde el bosque aparece más fragmentado. El urogallo necesita manchas extensas, de no menos de 200 hectáreas, y conectadas entre si. Los "cantaderos" que quedan aislados no tardan en ser abandonados. El urogallo requiere, además, bosques maduros, con arbolado de buen porte y de diversas especies, y abundantes en claros herbáceos y en matas de arándanos. Dentro de ese hábitat, se delimitan varias parcelas de uso estacional. El "cantadero", ocupado en primavera, se emplaza en la parte alta del bosque, en zonas con espacios abiertos que sirven de escenario a las exhibiciones nupciales y a las cópulas. El "pollero", la residencia de verano de la urogallina y sus pollos, se caracteriza por el predominio de la vegetación herbácea y arbustiva, donde proliferan las hormigas, los saltamontes y otros insectos que aportan proteinas a los pollos. El arándano ocupa una parte importante de ese terreno. Entrado el otoño, las aves seleccionan los bordes forestales y otros sectores ricos en arbustos productores de bayas, como el serbal, el endrino, el mostajo y, de nuevo, el arándano. También aprovechan las montaneras de hayucos y de bellotas. El invierno lo pasan refugiados en zonas escarpadas y poco accesibles del bosque, a resguardo del arbolado, y en las acebedas, cuya densa fronda perenne les proporciona un excelente refugio frente al frío y las ventiscas. Estas exigencias chocan con el modelo de gestión silvícola vigente, que tiende a formar masas uniformes, empobrecidas y rejuvenecidas.
Pero no es sólo un problema de espacio vital y de calidad ambiental. Los bosques fragmentados son también más peligrosos: se multiplican los bordes, y esto favorece la presencia y la eficiencia de los cazadores. Hay más carnívoros al acecho y juegan con ventaja. También se incrementa la densidad de grandes herbívoros. tanto salvajes (ciervos, sobre todo) como domésticos (vacas), y con ella crece la presión sobre la vegetación y, en particular, sobre las matas de arándano, una planta que juega un papel esencial en la vida del urogallo, como fuente de alimento (brotes, hojas, frutos e, indirectamente, insectos) y refugio durante los períodos de reproducción, de muda y de invernada. Por eso una de las primeras acciones de conservación que se han puesto en marcha ha sido la restauración de arandaneras (se inició en el verano de 2003 en el Parque Natural de Somiedo y este año se ha ampliado al parque natural de Redes, en ambos casos a cargo de voluntarios coordinados por la Sociedad Española de Ornitología). Tenemos así una primera conclusión: los bosques pierden tamaño y calidad, y los urogallos ven como se reduce su espacio, y como medran sus enemigos y sus competidores. Macho de urogallo en un "cantadero".
Por si estos problemas fueran pocos, el urogallo fracasa en la reproducción. Entre un 60 y un 80 por ciento de las madres no logra sacar adelante a su pollada, ni siquiera repitiendo la puesta, y la tasa de supervivencia es de 0,56 pollos por nidada. Así es imposible que la población se mantenga. Se han propuesto varias hipótesis, compartibles entre si, para explicar este fenómeno. Una de ellas postula la existencia de deficiencias alimentarias, relacionadas con la mala calidad del hábitat y con una supuesta disminución de las poblaciones de insectos, que repercutiría en el desarrollo de los pollos. Por otro lado, durante el invierno el urogallo vive al límite de sus posibilidades, en unos bosques (hayedos, robledales, abedulares) que se quedan desnudos y aletargados, sin apenas comida ni refugio frente a las adversidades climatológicas. Los brotes de haya que constituyen la base de su dieta invernal son un alimento poco nutritivo y con una baja eficiencia energética, lo cual le obliga a dedicar mucho tiempo y energía a buscar comida, un gasto que debe compensar con el ahorro del consumo metabólico durante el resto del día. En fin, que los urogallos pasan el invierno en la cuerda floja. Cualquier esfuerzo extra, como tener que volar ante la presencia de excursionistas, cazadores o esquiadores, puede tener graves consecuencias, ya que disminuye su capacidad de resistencia: un urogallo que no sea molestado soporta condiciones extremas durante un periodo de hasta tres semanas; en cambio, si se ve forzado a desplazarse ese margen se reduce a diez días. Hembra recostada, con su críptico plumaje
Por último, el análisis climatológico de los últimos 150 años demuestra que se producido un incremento de los fríos y las nevadas tardíos, que afectan a la incubación y a la crianza. Ante un temporal de frío, la hembra que incuba tiene dos opciones: permanecer en el nido para evitar que los huevos se malogren, dejando de comer y poniendo en riesgo su salud (y su capacidad maternal), o ir en busca de comida a riesgo de que la puesta se enfríe. Sea cual sea la solución a ese dilema, el resultado es negativo. Pero es que también han aumentado las lluvias en el mes de junio, que afectan a la primera etapa de desarrollo de los pollos, cuando éstos aún no son capaces de autorregular su temperatura corporal. Su índice de supervivencia es inversamente proporcional a la frecuencia de las precipitaciones en ese periodo. Sumados otros factores negativos, como la depredación de los jabalíes y los zorros -dos especies muy abundantes, cuyo impacto sobre la natalidad del urogallo está bien probado-, una urogallina es afortunada si sus 7 u 8 huevos eclosionan y si de su prole queda vivo un pollo llegado el mes de agosto. Segunda conclusión: la población disminuye porque el índice de natalidad no compensa la mortalidad de los adultos. El urogallo hace un uso estacional de los distintos ambientes del bosque. En primavera desarrolla su cortejo nupcial en los "cantaderos", mientras que en el invierno sobrevive en acebedas, en un estado de balance energético un tanto crítico. La alteración del bosque supone, pues, un factor agravante para su supervivencia.
Acorralado por la pérdida de hábitat, acosado por depredadores y competidores, y con una población abocada al envejecimientoy, a la postre, al colapso por la falta de incorporación de jóvenes, el urogallo cantábrico afronta una coyuntura crítica de la que no podrá salir sin ayuda. El último censo de "cantaderos", realizado en 2001, cifró en "poco más de cien" el número de machos supervivientes en Asturias, y la población total de ambos sexos estimada para el conjunto de la cordillera se sitúa en 500 ó 600 individuos, según referencias de la Sociedad Española de Ornitología (SEO/BirdLife). Las matemáticas determinan una extinción segura y a medio plazo. La última señal de alarma la proporcionan los urogallos "locos" y "dóciles", ejemplares que manifiestan conductas inusualmente agresivas o mansas, que los expertos vinculan con la disminución, fragmentación y aislamiento de las poblaciones. Esa correlación ha podido verificarse en los Alpes, donde la aparicion de dichos comportamientos fue seguida de la extinción de la especie. Aquí, en la Cordillera Cantábrica, están documentados, al menos, diez casos de urogallos "locos" en la última década. Técnicos de Medio Ambiente de la Junta de Castilla y León que han analizado el fenómeno sostienen que su manifestación en urogallos machos refleja la existencia de "poblaciones muy dispersas y aisladas en un hábitat fuertemente alterado"; si son hembras las que demuestran actitudes agresivas o dóciles (seis de los diez casos conocidos), éstas expresan, según los mismos autores, un "estado de regresión y de fragmentación de las poblaciones aún más avanzado" y "una fuerte desorganización de la población que no permite el desarrollo normal de la reproducción". Tenemos el diagnóstico. Falta articular y aplicar las medidas de gestión necesarias para poder corregirlo.

